Discernimiento

Santos no tan santos: Tomás Moro

Continuamos con esta serie de artículos donde hablaremos de aquellas personas que han sido consideradas santos y santas por la iglesia católica, y veremos que en realidad, no eran tan santos. Esto nos servirá para mostrar a los católicos que los santos y santas no existen, que el proceso de canonización es un invento humano que no tiene valor, que todos somos pecadores, que nadie ha ganado por sus propios méritos el cielo, que ninguno de todos estos santos pueden interceder por nosotros, y que el único mediador que pagó con su vida por nosotros es Cristo, el único justo y sin mancha, por lo que a nadie más se le debe orar.

Antes de analizar la vida del “santo” Tomás Moro, queremos aprovechar para responder a un comentario que salió en defensa de la idea de santos y santas en uno de los artículos que redactamos sobre el tema, y del concepto creado por el catolicismo de la canonización, un concepto totalmente extraño que no se encuentra en ningún lado de la Biblia.

Iremos haciendo los comentarios al lado del comentario original, y de otro color:

—“En el catolicismo se enseña que los santos son personas”: Correcto —-“especialmente divinas”: Están en el cielo, a las cuales se les otorgó una canonización. 

Primera pregunta: ¿Quién puede tener la certeza que cierta persona está en el cielo? Como humanos no tenemos manera de saber quién entró al cielo o quien no. Estando en este mundo, caras vemos, corazones no sabemos. Hasta la careta más piadosa puede engañarnos.   Segunda pregunta: ¿Quién los canonizó? Porque en la Biblia no dice nada de que alguien pueda decidir en este planeta quién tuvo una vida supuestamente santa. Solo Dios ve los corazones.

Se hace un proceso de canonización en base a la vida que llevaron aquí en la tierra, la solicitan las personas que conocieron a esa persona y reconocen su vida de piedad, de amor y misericordia para con los demás.  

Por más que se consulte con las personas conocidas, eso no implica que ellos sepan toda la verdad sobre quien quieren canonizar. Hay narcotraficantes que para algunos son la gente más amorosa y piadosa, más generosa del mundo, por el dinero que donan en sus pueblos. Dios no nos está evaluando por nuestras obras ni las vidas que llevamos en este planeta. Si así lo hiciera, desde la primer mentira, la primera ofensa, el primer pensamiento impuro, ya nos habría condenado. La Biblia deja en claro que nadie puede ganarse con obras el Cielo, y que si hay gente que trata en sus vidas de dar lo mejor de sí, es un acto independiente al hecho de que por sus obras pueda entrar al cielo. Por lo general las buenas obras se derivan de haber encontrado a Cristo y seguirlo, pero no de que a través de ellas podamos ganarnos el cielo.

Se hace una investigación EXHAUTIVA en la que con HECHOS se demuestra que efectivamente fue una persona que buscaba imitar a Nuestro Señor Jesucristo haciendo la voluntad del Padre y se distinguía por su bondad y sus virtudes. No es fácil este proceso.

¿Quién hace la investigación? ¿Qué autoridad divina tiene alguien para definir lo que es una vida de supuesta santidad, y cuáles son los hechos que revisa? ¿ese investigador estuvo 100% del tiempo al ladito desde el nacimiento a la muerte del prospecto a santo, con él, en todo momento, incluso leyendo sus pensamientos?

 —“y a quienes podemos dirigir nuestras oraciones”: Efectivamente, podemos dirigir nuestras oraciones pidiéndoles que INTERCEDAN ante Nuestro Señor por nuestras necesidades… Es algo que hasta nosotros hacemos sin ser santos cuando algún amigo nos pide que pidamos por él.

Creemos que muchos se sorprenderían si conocieran un poco mejor la vida de los supuestos santos (por tanto la razón de esta serie de artículos) porque muchos de ellos incluso asesinaron personas, sin embargo fueron canonizados. Otros, como Juana de Arco, marcharon a una guerra donde hubo sangre e intereses políticos, muy lejanos a cualquier interés divino, atizado todo por el deseo de venganza de Juana de Arco por la violación y muerte de su hermana y el hecho de que ella tenía visiones psíquicas, que mucha gente tiene, y que no vienen de Dios, como lo expusimos en el primer artículo de esta serie:

Primeramente, no sabemos si tal persona está realmente en el cielo, y si no lo está, ¿entonces qué hacemos orando a alguien que es posible que ni esté en el cielo? Segundo, ni siquiera María puede interceder por nadie, ya que ella tal como los canonizados a santos, eran humanos pecadores. Nadie tiene el estatus ni el poder de decirle a Dios lo que debe hacer, y si hace algo por nosotros para redimirnos, es solo porque su voluntad fue mandar a su Hijo, que es Dios también, a pagar por todos nosotros, incluso por los supuestos “santos”.

—“Hay un santo para cada ocasión o necesidad”,: NO hay un santo para cada ocasión o necesidad. Hay muchos santos, muchas personas que han llegado al cielo, que han sido reconocidas en su vida de santidad. lo de un santo para cada ocasión o necesidad no es doctrina católica, es tradición de algunas personas.  

Pregunta repetitiva: ¿se supone que sabemos con exactitud quiénes llegaron al cielo? ¿Y estamos asumiendo que llegaron por sus propias obras?  Otro punto: la iglesia católica reconoce no solo muchos santos y santas sino muchas vírgenes, cada una con advocaciones y “habilidades” diferentes. Y es bien sabido que los católicos acuden a cierta iglesia en base al interés que tienen: por ejemplo, si es algo difícil van con San Judas Tadeo, si es de amor con San Antonio, y así se lo van llevando. Les ponen velas personalizadas y de colores. Y lo peor, es que todas esas personas NO escuchan las oraciones. Solo las oraciones dirigidas a Dios son escuchadas. El origen de tantos santos para tantas necesidades es una copia del paganismo con sus innumerables dioses y diosas.

Aquí terminamos de citar el comentario. Queremos comentar a la autora del comentario que no estamos buscando atacar ni armar pleito, y que apreciamos el tiempo que se tomó en escribirnos y agradecemos que nos siga, pero que es importante rebatir este tema, porque uno de los elementos que Dios más directo ha sido es la idolatría. Como humanos nos cuesta creer que no somos semi-dioses, que no podemos ser perfectos, que no somos santos. Creemos que somos buenos en general. Pero hasta que entendemos la santidad de Dios podemos ver nuestros ropajes que creíamos blancos, como los más sucios, mucho más sucios de lo que pensábamos originalmente. 😨

También recomendamos la lectura de este artículo para entender quienes son los santos que sí aparecen en las Escrituras:

Pasemos ahora a la historia de Tomás Moro, quien para los conocedores de la historia de los Tudor, debe ser fácil de ubicar, por haber aparecido en las series y películas relativas a esta popular familia real Inglesa.

Tomás Moro: el monstruo canonizado

En él coexistieron la ambición y la sencillez monástica, el espíritu místico y la crueldad del inquisidor. Una reciente biografía de Peter Ackroyd desnuda la desmesurada contradicción de este hombre, en un trabajo que seguramente habrá de incomodar a muchos de sus devotos. En la nota que sigue, se reflexiona sobre la “difícil tarea que es para un biógrafo la de conciliar la imagen de este asesino rabioso con la del joven, agudo y sensato autor de Utopía”.

La Londres anterior a la Reforma, el mundo de Tomás Moro, un cockney nacido en 1478 en Milk Street, Cripplegate, a corta distancia de la iglesia de St Mary-le-Bow, con su enorme campana que anunciaba el toque de queda. Estudió leyes en Lincoln´s Inn, alojándose con los monjes cartujos, una austera orden contemplativa.

Como segundo alguacil mayor, todos los jueves presidía en el Guildhall los juicios a ladrones, prostitutas, vagabundos y otros fracasados. Su lucrativa práctica de la abogacía lo condujo a Westminster Hall, donde habría de presidir la court of chancery, cuando Enrique VIII lo nombró lord canciller de Inglaterra. Allí, también, lo condenaron a ser ahorcado, arrastrado y descuartizado por traición (la decapitación fue una posterior concesión real). Lo ejecutaron en la colina de la Torre, a sólo 1600 metros de Milk Street.

No es fácil compadecerse de los abogados exitosos, aun cuando les corten la cabeza, y el Tomás Moro que pinta Ackroyd era, en algunos aspectos, un personaje odioso. Montero mayor en la cacería de herejes, organizó una policía ideológica compuesta de espías e informantes; interrogaba e intimidaba a los sospechosos en su suntuosa mansión de Chelsea y, según decían, concurría a la cámara de torturas, en la Torre, a verlos sufrir en el potro. Cuando los quemaban vivos en Smithfield, se regodeaba con horrible fruición y predecía, alborozado, que en el infierno se asarían por toda la eternidad. Sus víctimas no eran criminales, sino hombres devotos: sus delitos más abominables eran disentir doctrinariamente de Roma y querer leer la Biblia en inglés.

Bajo su ropaje de canciller, usaba cilicio; guardaba un látigo para hacer penitencia flagelándose. Ackroyd deduce que, en su corazón, siempre fue un místico que despreciaba al mundo como un mero espectáculo fugaz. Pero, de ser así, ¿por qué amasó riquezas y tierras para sí y para sus parientes? ¿Por qué buscó los cargos públicos? Ackroyd insinúa que fue una especie de juego. Evidentemente, su famoso y plúmbeo sentido del humor era un modo de refirmar su superioridad intelectual. Conquistar todos los premios deslumbrantes y, al mismo tiempo, despreciarlos para sus adentros complacía esa misma autoestima. Por fuera, era el non plus ultra de la sumisión: aun siendo lord canciller, siempre se arrodillaba ante su padre, en señal de respeto, cuando se encontraban frente a Westminster Hall. Por dentro, sospecha Ackroyd, tal vez sonreía, divertido por su propia actuación. Su mansedumbre ocultaba la hostilidad hacia un padre que, según se rumoreaba, lo había obligado a abrazar la abogacía contra su voluntad.

Alabó a Enrique VIII por su ruinosa y absurda campaña en Francia, proclamándolo “más grande que César”; vilipendió obedientemente a su patrón y predecesor en el cargo de lord canciller, el cardenal Wolsey, cuando éste cayó en desgracia. En su fuero interno, adivinaba el pensamiento y las intenciones del rey y su corte, pero les seguía la corriente. Era la conducta de “un hombre extraordinariamente listo”, opina Ackroyd. Y extraordinariamente estúpido, debemos añadir, por cuanto Enrique parece haber tomado en su sentido literal las expresiones de apoyo de Moro. De ahí su comprensible enojo cuando éste se negó a aprobar la anulación de su matrimonio con Catalina de Aragón y su boda con Ana Bolena, su nuevo amor.

Las vidas de santos tienden a ser eclipsadas por la leyenda. Prueba de ello es nuestro culto neomedieval a la princesa Diana. Ackroyd cala en las ficciones devotas que surgieron tras el martirio de Moro, envolviéndolo en sus vendajes, y desnuda a un ser humano creíble, aunque nada santo. Su afición por el humor escatológico, en especial cuando fustigaba a sus opositores, siempre resultó embarazoso para sus acólitos. Sin embargo, Ackroyd ve en ella una evidencia de su aversión al cuerpo y sus funciones. Así vista, es el complemento del cilicio que usaba para domar su “concupiscencia desenfrenada”, como dijo uno de sus primeros biógrafos.

Su jocoso menosprecio por sus esposas encaja en el mismo molde y refleja el resentimiento que le provocaban. La primera, Jane Colt, se casó con él a los dieciséis años, le dio cuatro hijos y murió a los veintidós. Al mes siguiente, Moro desposó a una viuda rica, a la que solía describir ante sus amigos varones como una marimacho cómica. Convirtió su hogar en escuela y cuidó de que sus hijas dominaran el griego y el latín: quizás haya sido otro medio de vencer la sexualidad. Su costumbre de azotar a sus hijos con plumas de pavo real solía citarse como evidencia de su santa misericordia, pero el lector moderno detecta en ella, tal vez con razón, una causa erótica.

En opinión de Ackroyd, el verdadero amor de Tomás Moro fue la ley, interpretada en el sentido de la supremacía del Papa y la Iglesia sobre la cristiandad católica. Los herejes desafiaban esa autoridad; Enrique VIII la abrogó al casarse con Ana Bolena sin el consentimiento papal. Moro la sirvió toda su vida y, abogado hasta el fin, murió por ella. No fue un pensador ni un visionario; simplemente, fue un administrador inflexible empeñado en acatar las antiguas normas. Estas personas son barridas en toda gran erupción de la libertad humana. Distaba tanto de ser un hombre para toda coyuntura, que la primera ráfaga de la Reforma inglesa se llevó su cabeza.

En noviembre de 1534, el Parlamento aprobó la Ley de Supremacía. Esto le dio a Enrique VIII el título de “Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra”. También se aprobó una Ley de Traición que tipificaba como delito intentar por cualquier medio, incluso por escrito y hablado, acusar al Rey y sus herederos de herejía o tiranía. A todos los sujetos se les ordenó prestar juramento aceptando esto. Moro se negó a prestar juramento y fue encarcelado en la Torre de Londres y fue ejecutado el 6 de julio de 1535.

Tomás Moro eligió la autoridad del Papa Clemente VII sobre la del rey inglés. En 1935 fue canonizado por el Papa Pío XI y fue nombrado patrón de los políticos y abogados por el Papa Juan Pablo II en 2000.

La lucha del catolicismo por evitar perder el poder

William Tyndale había decidido que la gente necesitaba poder leer las Escrituras por sí mismos en lugar de confiar en que la iglesia se los explicaría de manera honesta y completa. Creía que la corrupción de la iglesia se toleraba solo porque la gente no sabía nada mejor, y la iglesia no estaba dispuesta a enseñarles mejor, o sus excesos y privilegios estarían en peligro.

En 1526, Tyndale publicó su traducción al inglés del Nuevo Testamento y comenzó con el Antiguo Testamento, agregando prólogos a cada libro.

Cuando sus libros, especialmente el Nuevo Testamento, comenzaron a ser leídos ampliamente en Inglaterra, los obispos y prelados de la iglesia católica hicieron todo lo posible para condenarlos y señalar sus “errores”. En 1527, convencieron al rey de prohibir todas las obras de Tyndale en Inglaterra.

Mientras tanto, Cuthbert Tonstal, el obispo de Londres, trabajó con Tomás Moro para encontrar una manera de mantener las traducciones fuera del alcance del público. Tonstal quemó públicamente todas las copias que había comprado.

El obispo de Londres compró una edición completa de 6.000 copias y las quemó en los escalones de la antigua catedral de San Pablo. Más fueron tras los viejos amigos de Tyndale y los torturaron. Richard Bayfield, un monje acusado de leer a Tyndale, fue uno de los que sufrió una muerte gráficamente horrible como se describe en el Libro de los Mártires de Fox (que puedes descargar de nuestros materiales gratuitos) . Incluso pisoteó sus cenizas y lo maldijo. Y entre otros estaba John Firth, un amigo de Tyndale, que se quemó tan lentamente que estaba más asado que carbonizado.

Nadie fue más activo en perseguir a los protestantes que distribuían la Biblia en inglés que Tomas Moro, un brillante abogado, escritor e intelectual que era un pervertido sadomasoquista particularmente desagradable. Le gustaba ser azotado por su hija favorita tanto como azotar a herejes, mendigos y lunáticos en su jardín. Humilló a su esposa señalando a sus invitados, en su presencia, lo fea que era para demostrar que no se había casado con ella porque deseaba una mujer hermosa. Cuando escribía como propagandista de la iglesia católica, era un mentiroso descarado. En una ocasión escribió una reseña muy favorable de su propio libro, pretendiendo que había sido escrito por un teólogo extranjero eminente e inexistente, cuando en realidad lo había escrito él mismo.

¿Realmente crees que Tomás Moro puede interceder por ti, si ni siquiera quería que entendieras la Biblia en tu idioma?

Anne Askew: otra de las víctimas de la persecución

Anne Askew, nacida Ayscough o Ascue (1521-16 de julio de 1546), fue una escritora, poeta y mártir protestante inglesa condenada por herejía durante el reinado de Enrique VIII. Anne es la única mujer según los registros existentes en haber sido torturada en la Torre de Londres. Del mismo modo, es considerada la poeta más antigua conocida en componer en lengua inglesa así como la primera mujer inglesa en solicitar el divorcio.

Anne fue detenida e interrogada por miembros del Consejo Real, quienes trataron de buscar pruebas en su contra para acusarla de hereje. Pese a que Anne logró defenderse hábilmente mediante el uso de la dialéctica, el 19 de junio de 1546 fue finalmente acusada de herejía por negar la transustanciación (doctrina católica) y encarcelada, siendo en esta ocasión sujeto de un interrogatorio de dos días de duración. Sus interrogadores la amenazaron con ejecutarla si no revelaba los nombres de más personas que albergasen sus mismas creencias, pero Anne se negó a pronunciar el nombre de ningún protestante, por lo que se ordenó que fuese sometida a tortura. Sus verdugos accedieron a ello, motivados probablemente por el deseo de que Anne admitiese que Catalina Parr también profesaba el protestantismo, con el objetivo de derrocar a la reina.

Entonces ellos me pusieron en el potro, porque no confesaba los nombres de damas y caballeros que compartieran mis opiniones, y así me tuvieron mucho tiempo; y como me quedaba quieta y no lloraba, milord Canciller y el maestro Rich se esforzaron en torturarme con sus propias manos, hasta que estuve casi muerta.

Tras ser liberada del potro, Anne se desmayó y tuvo que ser reanimada, permaneciendo dos horas sentada en el suelo rezando con Wriothesley, quien la instó en vano a renunciar a su fe.

Anne, de 24 años de edad, fue quemada en la hoguera en Smithfield, Londres, el 26 de julio de 1546. Junto a ella fueron ejecutados tres hombres protestantes: John Lascelles, Nicholas Belenian y John Adams. Debido a que sus extremidades estaban dislocadas y no podía caminar, además de que cada leve movimiento le causaba dolor, Anne fue conducida al lugar de ejecución en una silla, llevando puesta únicamente su ropa interior. Fue a continuación arrastrada desde la silla hasta la pira, donde había un pequeño asiento en el cual Anne fue colocada a horcajadas, empleándose cadenas para sujetar su cuerpo firmemente por los tobillos, las rodillas, la cintura, el pecho y el cuello. Una o varias personas anónimas a favor de la causa entregaron en secreto pólvora en pequeños sacos colgados del cuello a los cuatro condenados, lo que provocó que todos ellos tuviesen una muerte rápida en cuanto la misma explotó.

Quienes presenciaron la ejecución se sintieron asombrados por el valor demostrado por Anne, informando que la joven no profirió grito alguno hasta que las llamas alcanzaron su pecho, produciéndose una explosión en cuanto el fuego alcanzó los sacos de pólvora. Previo a la ejecución, mientras se amontonaban los haces de leña en la pira, se ofreció a los prisioneros una última oportunidad de ser perdonados. Nicholas Shaxton subió a un púlpito y empezó a predicar, si bien sus esfuerzos fueron en vano. Anne escuchó atentamente su discurso: cada vez que Shaxton decía algo que ella consideraba cierto, expresaba en voz alta su conformidad, pero cuando escuchaba algo que consideraba contrario a lo que establecían las Escrituras, mostraba abiertamente su desacuerdo: «Ahí se pierde, y habla sin el libro (la Biblia)» («There he misseth, and speaketh without the book»)

Anne Askew murió fiel a la fe, fiel a las Escrituras, pasó por mucho más dolor del que todos nosotros hemos conocido. Y ella no fue canonizada, no fue alabada, sino que fue siempre considerada una simple hereje. Los católicos creen que ella ahora arde en el infierno, mientras que Tomás Moro es reconocido santo y creen que está en el cielo.

En reconocimiento a Anne Askew, de parte de otras mujeres que también apoyamos el estudio único de las Escrituras y desaprobar religiones hechas por hombres, citamos uno de sus poemas. Anne no necesita reconocimiento de santa, porque no lo era, nadie lo es, pero fue fiel y muy valiente. Tomás Moro puede quedarse con el título, ya que canonizar a alguien por lo que vemos, es demasiado relativo, además de un invento más del catolicismo y de humanos falibles.

Soy una mujer pobre y ciega. Poema de Anne Askew.

Soy una mujer pobre y ciega,

y poco conocimiento me queda.

Hace mucho que busqué, pero de buena gana encontraría,

qué hierba de mi jardín sería mejor.

Tengo un huerto desconocido,

que Dios, por su bondad, me dio,

me refiero a mi cuerpo, en el que debería haber sembrado

la semilla de la verdad de Cristo.

Mi espíritu dentro de mí está

afligido , mi carne lucha contra lo mismo:

Mis dolores aumentan cada vez más,

mi conciencia sufre el dolor más amargo:

yo, estando así en conflicto, de

buena gana hubiera estado en reposo,

meditando y estudiando en vida mortal,

qué cosas podría hacer para agradar mejor a Dios.

Con toda la intención y unánime,

a un jardinero que yo conocía,

le deseé por amor del Señor,

semillas verdaderas en mi jardín para sembrar.

Entonces este orgulloso jardinero al verme tan ciega,

pensó en mí para hacer su voluntad,

Y me halagó con palabras tan amables,

para que continuara en mi ceguera todavía.

Entonces me alimentó con mentiras y burlas,

por pecados veniales me ordenó que fuera

a dar mi dinero a piedras y cepos,

que eran mentiras y nada de eso.

Entonces me alimentaron con carne apestosa,

porque para evitar mi salvación,

tenía trentadores de misa y toros de plomo,

ni una palabra de la pasión de Cristo.

En mí se sembraron todo tipo de semillas fingidas,

con muchas ceremonias papistas,

Misas de réquiem con otros malabarismos,

hasta que el espíritu de Dios de mi jardín se fue.

Entonces se me ordenó más estrictamente,

Si de mi salvación estaría segura,

Para construir alguna capilla,

para que se orara en ella mientras el mundo perdura.

“Cuídate de una nueva ciencia”, dijo, “que miente,que es lo que más aborrezco”.

“No te inmiscuyas en ella de ninguna manera,

sino haz lo que tus padres han hecho antes”.

Puse mi confianza en las obras del diablo,

pensando lo suficiente mi alma para salvar,

siendo peor que los judíos o los turcos,

por lo tanto , depravé a Cristo de sus méritos.

Podría compararme a mí misma con un corazón afligido

con el mudo de Lucas 11,

De donde Cristo hizo partir al diablo,

pero poco después se llevó a los otros siete.

Mi tiempo así, buen Dios, tan malgastado,

ay, moriré cuanto antes.

Oh Señor, encuentro escrito en tu Testamento,

que tienes suficiente misericordia reservada

para los pecadores, como dice la Escritura,

que se arrepientan gustosamente y sigan tu palabra,

que no negaré mientras tenga aliento,

por prisión, fuego, o espada feroz.

Fortaleceme, buen Señor, en tu verdad para estar firme,

porque los sanguinarios carniceros me tienen a su voluntad,

Con sus cuchillos de matanza listos en sus manos,

mi simple cadáver para devorar y matar.

Señor, perdona mi falta,

porque te he ofendido mucho,

quita , pues, de aquí mi cuerpo de pecado,

entonces yo, criatura vil, no te volveré a ofender más.

Quisiera con todas las criaturas y amigos fieles

mantenerlos alejados de las manos de este jardinero,

porque pronto los llevará a su fin,

con crueles tormentos de feroces tizones.

No me atrevo a presumir que él ore,

porque la verdad sobre él era bien conocida,

pero desde entonces se ha descarriado,

y ha sembrado mucha semilla pestilente en el exterior.

Debido a que ahora no tengo espacio,

la causa de mi muerte verdaderamente para mostrar,

confío de ahora en adelante que por la santa gracia de Dios,

todos los hombres fieles lo sabrán claramente.

A ti, Señor, te entrego mi espíritu,

que es la obra maestra,

es tuyo, Señor, por lo tanto tómalo de derecho,

mi cadáver en la tierra dejo, de donde vino.

Aunque ahora esté reducido a cenizas,

sé que puedes levantarlo de nuevo,

en la misma semejanza con que lo formaste, en el cielo contigo, para vivir para siempre.

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3 comentarios

  • ¡Que hermoso poema!…
    Describe con verdad lo que somos aquí en la tierra,estamos constantemente asediados por el engaño disfrazado de bondad,al cuál muchos ceden por opresión o por ego. Sólo el Padre misericordioso y amoroso es REAL Y VERDADERO, buscando en todo momento de nuestras vidas que volvamos a Él. ¡Te amo Padre mío! ¡Gracías muchas gracias te da mi alma añorando tus brazos eternos!….

  • No soy experto en el asunto, pero creo que Juan Pablo II, nombró muchisimos santos, muchos de ellos en bloque tales como los muertos franquistas de la guerra civil española, al mismo tiempo, suprimió la figura del “avogado del diablo” es decir el encargado de buscar alguna “pega” al nombramiento.
    Entiendo, que el creyente católico busca en las cualidades idealizadas de un “santo” una especie de “guia”, el problema, es cuando se descubre la verdadera personalidad, existen entonces dos opciones una decir todo es un gran engaño y la otra es la del niño que descubre quienes son los reyes magos y le parece muy bien seguir el juego. Todo esto sin entrar, en la “sobreneturalidad” de la condición de santo. Grandes inquisidores como Domingo de Guzman, Vicente Ferrer, no pueden ser una guia para nadie y si lo son mal andamos.
    Saludos.

  • A las personas canonizadas como santas por la iglesia católica también se les adjudican milagros, en la mayoría de los casos se necesitan 2 para poder declarar santa a tal persona, dando por hecho que porque la persona está en el Cielo e intercediendo ante Dios, de esta manera se obran los milagros. Pero debemos cuestionar si esos milagros realmente provienen de Dios o del Maligno…además que muchos de esos milagros a veces son demasiado fantasiosos y resultan difíciles de creer, sobre todo los de siglos pasados. En el caso de la “santa” madre Teresa de Calcutta, se obraron 2 milagros por su intercesión, pero resulta que investigando bien, el 2do no fue ningún milagro, por tanto no se merecía su canonización, además que las ‘buenas’ obras de caridad de la madre realmente no eran nada buenas. Y después están otros santos que no se sabe si de verdad existieron o si su vida fue como dicen que es, x ej. como santa Filomena, quien se sabe que existió pero de su vida sólo se sabe por las “visiones” que tuvieron 2 monjas, que alegaron que la joven Filomena fue codiciada por un emperador romano pero ella había decidido ser siempre virgen ya que se había “casado” con Dios, a quien se refería como su “esposo”, lo cual es algo erróneo ya que como individuos Dios no es nuestro esposo sino nuestro padre, y este concepto erróneo lo tiene la iglesia católica que hace “casar” a sus monjas con Dios. Después está san Agustín de Hipona, uno de los hombres más importantes de la iglesia católica, quien abandonó a la mujer con quien tuvo un hijo y los mandó lejos, vivía trastornado con la sexualidad y creía que los niños (no nacidos, bebés e infantes) no bautizados iban al infierno – de ahí proveniente la creencia del limbo. En fin, si nos pusieramos a estudiar sobre la vida de cada “santo” nos daríamos cuenta que muchísimos de ellos no fueron nada santos…

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